Fotografía nocturna de El Alcázar de Toledo

Escrito por Eusebio Luna Rubio. Posteado en Fotografías todas, Galería

Fotografía nocturna de El Alcázar de Toledo

 el alcazar de toledo

En enero de 1943, cuando a través de cablegramas y del testimonio de algún alto mando del VI Ejército alemán evacuado en avión de la Bolsa de Stalingrado, Hitler supo de las ideas de sus generales favorables a la rendición, se negó. Dentro de su negativa, exigió de sus militares que Stalingrado fuese, literalmente, el Alcázar el ejército alemán. Esta anécdota demuestra hasta qué punto el máximo mandatario nazi admiraba la gesta del cuartel toledano y conservaba su historia en la cabeza, como demostración del valor que había, según él, de tener todo militar: resistir hasta el último suspiro.

El Alcázar de Toledo, en efecto, fue, sin duda alguna, el mayor de los mitos del bando golpista en la guerra civil. Sería estúpido decir que perdiendo la batalla de El Alcázar, la República perdió la guerra, pues cuando Franco liberó al coronel Moscardó (hay que ser precisos: Franco le nombró general, pero mientras defendía el Alcázar, Moscardó era coronel) aún quedaba mucha guerra. Pero también es cierto que la suerte de este asedio fue jodida para la moral republicana y, sobre todo, enormemente alimenticia para la moral franquista.

Hasta más allá de la vida del propio Franco, uno de los principales periódicos franquistas se llamó así: El Alcázar.

El coronel Moscardó tenía, en 1936, 58 años de edad. Si alguien tuvo la oportunidad clara de librarse de la guerra, fue él. El 18 de julio estaba en Madrid, concentrado, como se dice hoy, con el equipo de deportistas españoles que estaba a punto de volar a las Olimpiadas de Berlín, ésas en las que el puto negro Jesse Owens le amargó a Hitler la pública celebración de la superioridad de la raza aria. Moscardó era director de la Escuela de Gimnasia de Toledo y en calidad de tal formaba parte de la expedición olímpica. Con haberse quedado ahí, sin hacer nada, probablemente le habría bastado. Pero es que Moscardó estaba mosqueado, y no es juego de palabras. Era uno de esos militares que no tenía nada que agradecerle a la República y a su a ratos acertada, a ratos vacilante, política militar.

El 5 de abril de 1929, o sea un año antes de la llegada de la República, Moscardó había ascendido a coronel. O sea, ya tenía tratamiento de usía (así me lo enseñaron en la mili: de usted hasta teniente coronel, usía los coroneles y los generales y tenientes generales, vuecencia) y estaba en el vestíbulo de ser general, que es lo que quiere ser todo militar de carrera, claro. No obstante la República, algunos meses después, en su lucha contra la inflación de mandos del ejército, anuló aquella real orden, con lo que Moscardó fue, junto con muchos otros, degradado de facto. Aunque fue repuesto después al empleo de coronel, ya no lo perdonaría.

Por lo demás, Moscardó no mandaba sobre rifles o morteros, sino sobre muchachos que se dedicaban a saltar sobre plintos o a tratar de parecer ucranianos colgados de las anillas; nadie, por lo tanto, se había acordado de él: ni Mola lo contactó para ganarlo para el alzamiento ni a la República le importó un carajo de qué lado pudiese estar. Quizá por eso, porque Moscardó era un militar experimentado y lo sabía (había guerreado en Marruecos y antes incluso, con apenas 21 años, en Filipinas), tomó el camino de Toledo y, una vez allí, asumió la comandancia militar de la plaza; él estaba destinado en la ciudad y el mando le correspondía por antigüedad. Inicialmente se hizo pasar por leal con el orden establecido, pero pronto se le vieron maneras. Cuando Madrid le ordenó que trasladase a la capital un millón de cartuchos que estaban en el polvorín toledano, puso mil pegas y se los quedó.

Aunque Madrid era una ciudad netamente frentepopulista, el Toledo de 1936 era francamente golpista. Tenía una honda tradición monárquica y, sobre todo, religiosa, consecuencia de que en Toledo residiese la sede primada de España. Como en muchas partes de España, la ausencia de grandes concentraciones de trabajadores fabriles hacía que el fiel de la balanza, una vez producido el golpe, fuese la guardia civil, que tenía en la ciudad unos 600 hombres, al mando del teniente Romero Balart. El mismo día 18 apenas hay incidentes, tan sólo un ataque a un cuartelillo de la guardia civil obrado por un grupo de obreros que se ha concentrado primero en Zocodover, y se ha calentado tras escuchar en Unión Radio las soflamas de la diputada comunista Dolores Ibárruri, Pasionaria. En la noche del 18 al 19 diversos militares y, sobre todo, cadetes de la Escuela Militar de Toledo suben, la mayoría de Madrid, a la ciudad.

En ese momento, Moscardó hace planes. Han quedado, tras el golpe, del lado de la República todos los territorios cercanos: Madrid, Guadalajara, Cuenca o Ciudad Real. Esto supone que, según sus cálculos, las tropas alzadas tardarán por lo menos quince días en contactar con Toledo. Sin embargo, al oír en la radio las noticias sobre el difícil avance franquista en Badajoz, se da cuenta de que tal vez la lucha llevará más tiempo. La clave estaba, pues, en conseguir alimento; y en no dejar salir el millón de cartuchos.

En Madrid, las milicias populares tenían armas, pero poco que disparar con ellas. Durante dos días, Moscardó recibió innumerables llamadas exigiendo la salida de los cartuchos. Primero dijo que necesitaba una orden firmada y sellada; cuando ésta llegó, adujo que no tenía camiones, y de Madrid le enviaron cuarenta. Con estas tonterías, el coronel de gimnastas ha conseguido que den las siete de la mañana del día 21 de julio, momento en el que, sin poder disimular más, Moscardó declara el estado de guerra en el patio del Alcázar, declaración que las tropas repiten por las calles de Toledo; en ese momento, hay una columna de milicianos avanzando ya desde Madrid hasta Toledo.

El mismo día 21 y el 22 se producen los primeros bombardeos republicanos sobre el Alcázar. El 22 llega la columna de milicianos. Las puertas del establecimiento siguen abiertas hasta la noche de aquel día, en que Moscardó las cierra; no las volverá a abrir hasta que llegue Franco.

Dentro del Alcázar quedaron: 100 jefes y oficiales, 800 guardias civiles, 150 miembros de la tropa de la Academia militar; 40 de tropa de la Escuela de Gimnasia; 200 miembros de Falange y de Acción Popular (el partido de Gil-Robles); 550 mujeres y 50 niños. Para defenderse, contaban con 1.200 fusiles, dos piezas de artillería de 7 milímetros, 13 ametralladoras, 13 fusiles ametralladoras y un mortero. Además de los 800.000 cartuchos que lograron traer de la Fábrica de Armas tenían 50 granadas rompedoras, 50 granadas de mortero, cuatro cajas de granadas de mano, unos 100 petardos de trilita y un detonador.

Los víveres escasearon desde un principio. Dado que el golpe de Estado había sido en periodo vacacional, el economato del Alcázar no tenía casi de nada. Agua, sin embargo, tenían de sobra, porque el fuerte tenía varios pozos aljibes. Con objeto de economizar, no se fabricaba pan y, de hecho, los inquilinos tomaban el trigo agorgojado que se guardaba para el ganado. Sin embargo, hubo un golpe de suerte porque, cerca del establecimiento, se descubrió un depósito de 2.000 sacos de trigo, propiedad de un banco (siempre me he preguntado para qué narices quería un banco acopiar 2.000 sacos de trigo, pero supongo que es otra historia). La carne estaba estrictamente racionada, ya que cada día que se comía carne los inquilinos se apiolaban un equino entero. Cuando finalizó el asedio, sólo quedaban vivos cinco mulos y el mejor caballo de competición que había en el Alcázar, que había sido respetado hasta el final.

La resistencia del Alcázar es, de hecho, un mito; ya hemos visto cómo concitaba incluso la admiración de Hitler, a quien le costaba admirar a los militares de carrera y, en general, las gestas de otros. Sin embargo, como siempre en los mitos, hay, como mínimo, una parte de truco. Ciertamente, el Alcázar resistió. Pero también es cierto que las tropas republicanas, al mano del general Riquelme, no organizaron un ataque al fuerte desde el primer día, como el mito nos quiere hacer creer. La República trató, básicamente, de negociar con Moscardó, negociación que llegó a su punto más alto a las nueve de la mañana del día 9 de septiembre de 1936 (cuando, por lo tanto, habían pasado muchos más de los quince días que Moscardó había calculado), cuando se presentó en la denominada puerta de Capuchinos del Alcázar Vicente Rojo, que llegaría a jefe del Estado Mayor de la República. Según el testimonio de Rojo, éste cumplió la misión encomendada, entregar a Moscardó una oferta de rendición, con escaso ánimo; sabía que no la aceptaría, es más, había advertido a los mandos que, de estar él en la posición de Moscardó, tampoco lo haría. Según Javier Fernández López (General Vicente Rojo: mi verdad, Zaragoza, Mira Editores, 2004), uno de los dos militares que fueron comisionados para hablar con Rojo, el capitán Alamán, le rogó que protegiese a su esposa y sus dos hijas, que estaban en Madrid; cosa que Rojo hizo, acogiéndolas en su domicilio del número 50 de la calle Guzmán el Bueno.

La liberación del Alcázar por parte de las tropas franquistas no fue fruto de un acuerdo total. Había generales, como Yagüe o Kindelán, que eran más partidarios de avanzar directamente hacia Madrid, pasando de la plaza toledana, que tenía una obviamente menor importancia estratégica. Franco, sin embargo, valoró el elemento de moral y propaganda que supondría auxiliar el Alcázar sin que hubiese sido tomado por las tropas republicanas, las cuales hicieron de todo, hasta provocar incendios, para debelar la voluntad de los sitiados. Sin embargo, tampoco se lo tomaron demasiado en serio, pues estamos hablando de los primeros tiempos de la guerra, aquéllos en los que no existía, propiamente, un ejército republicano como tal. De hecho, el número de combatientes contra el Alcázar variaba mucho, entre 1.000 y 5.000 personas, con puntas los fines de semana; lo cual demuestra que había mucho combatiente-turista.

Franco avanzó por Extremadura, una vez que consiguió cruzar el Estrecho, para conseguir a través de allí conectar sus ejércitos del sur (él mismo) y del norte (Mola). Que lo consiguiera con tanta rapidez, apenas unas semanas, fue un golpe mortal para la República, por mucho que luego la guerra durase tres años. Con Extremadura conquistada y teniendo en cuenta que en Portugal sonaban campanas fascistas, el ejército franquista podía avanzar, como aquel que dice, con la espalda contra la pared (la frontera portuguesa) sin temer ataque alguno por ese flanco (más bien todo lo contrario). Fruto de esa estrategia relativamente cómoda fue la toma de Talavera de la Reina, enclave de gran importancia para garantizar la subida de los ejércitos del sur hacia Madrid; de hecho, la pérdida de Talavera hundió al último gobierno burgués de la República, el gobierno Giral, que fue sustituido por Largo Caballero; los partidos obreros ya no abandonarían el gobierno de la República en el resto de la guerra, cosa que fue así, entre otras razones, para insuflar moral a los milicianos de izquierdas tras la pérdida de Talavera.

Una vez en Talavera, Franco tenía tres alternativas: avanzar por el curso del río Alberche y tratar de tomar El Escorial, para así crear un nuevo contacto con el ejército del Norte y poder drenar tropas a mogollón hacia Madrid para tomarla; avanzar hacia Maqueda y luego hacia Madrid siguiendo más o menos el trazado de la actual autovía de Extremadura; o desviarse hacia la derecha, liberando Toledo y avanzando hacia Madrid sólo después de haber perfeccionado esta acción. Aquí el que sabe de tácticas y cosas de ésas no soy yo, sino Inasequible. Aún así, y a despecho de que me desmienta, yo creo que la estrategia más acertada hubiera sido la primera.

Según los testimonios contemporáneos, Franco dudó mucho, pero finalmente decidió ir a Toledo valorando, como se ha dicho, el efecto propagandístico de liberar a unos resistentes que se habían hecho bastante famosos dentro y fuera de España. No fue, por lo tanto, la compasión hacia los sitiados; fue que le venía bien desde el punto de vista de la propaganda.

Francisco Largo Caballero, que tenía tan claro como Franco el elemento propagandístico del Alcázar, estuvo el 20 de septiembre en Toledo exigiendo que el fuerte cayese sí o sí. Pero se quedó con las ganas. El día 26, los franquistas cortaron la conexión por carretera entre Toledo y Madrid. El 27 por la mañana atacaron y los milicianos abandonaron la plaza. No se hicieron prisioneros e, incluso, milicianos que estaban heridos en sus camas de hospital fueron asesinados. Incluso, en los postreros momentos de la batalla se produjo un sacrificio horroroso.

Era el 30 de septiembre y habían pasado, por lo tanto, tres días desde la llegada de los franquistas a Toledo. En un seminario de la ciudad, no obstante, resistía una treintena de milicianos, a pesar de que el edificio estaba ya medio en llamas y acosado por legionarios.

La Legión trató de romper la enorme puerta del seminario al estilo de la Edad Media, usando una viga de hierro como ariete. Sin embargo, los republicanos dispararon desde las ventanas y mataron a dos soldados. Finalmente, los atacantes rompieron la puerta y entraron. Ante ellos, sólo quedaban siete supervivientes. Uno de ellos se apoyó en la pared y se pegó fríamente un tiro en la boca. Tres más intentaron huir y fueron apresados. Los otros tres comenzaron una resistencia inútil por los pasillos hasta que se encerraron en una habitación al final del segundo piso. Cuando los atacantes iban a entrar, los tres milicianos hicieron estallar una bomba Lafitte, que los destrozó.

Dentro de la habitación, escrito con carbón en la pared, los legionarios encontraron el siguiente texto:

Manuel Gómez Cota, miliciano de Izquierda Republicana de Madrid, el día 27 se hizo cargo de este Seminario. Después de luchar duramente con el enemigo y poner en libertad a mujeres, niños y ancianos, decidimos incendiar el edificio. Son las cinco de la tarde. El incendio sigue: sólo quedamos nosotros.

información rescatada de historiasdehispania

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